Marruecos es uno de los pocos destinos de estudios en el extranjero que se siente como una aventura de verdad sin vaciarte el préstamo. Estás a una o dos horas de avión de la mayor parte de Europa, pero al aterrizar en Casablanca o Rabat te encuentras la llamada a la oración al amanecer, mercados que se extienden kilómetros y un coste de vida tan bajo que puedes hacer cosas en vez de contar monedas. Para un estudiante de 20 años sin blanca, esa combinación es rara.
También te pone a prueba. Vas a hacer malabares entre francés, árabe e inglés en el mismo día, aprenderás a regatear sin sentirte grosero, y descifrarás una cultura cálida y generosa que funciona con reglas distintas a las de casa. Si buscas un semestre que cambie tu forma de ver el mundo más de lo que adorna tu currículum, Marruecos cumple. Si necesitas todo en inglés y un club cada noche, busca en otro lado.

