Viena es una capital que funciona como un reloj: transporte público impecable, agua del grifo potable, calles seguras a las 3 de la madrugada y unos 200.000 estudiantes repartidos en nueve universidades. Tienes el peso cultural de Mozart, Klimt y las casas de café sin el ritmo frenético de París o Londres, más trenes rápidos que ponen Budapest, Praga y Bratislava a un par de horas. Es cara para los estándares austriacos pero aun así más suave para tu bolsillo que Zúrich o Múnich.





